Desde el inicio de la pandemia el número de consultas por trastornos del sueño ha ido en aumento. Lo mismo en las prescripciones de medicamentos para dormir que han crecido en un 20% durante los últimos 12 meses, según Healthline.com. Al final de un año estresante, médicos especialistas en salud del sueño creen que estas condiciones son algo esperado. Insomnio, bruxismo, piernas locas, apnea del sueño, hipersomnia y diversas patologías del sueño se encuentran entre ellas.
La Dra. de la Universidad de Chicago, Lisa Medalie ha bautizado a esta serie de condiciones como “coronasomnia”. Explica que está demostrado que el estrés puede tener un impacto negativo en el sueño y que suele ser la principal causa de insomnio en la actualidad. “El estrés activa el sistema nervioso autónomo, provocando la liberación de hormonas como la adrenalina y el cortisol. Esto hace que la frecuencia cardíaca y la presión arterial aumenten, poniendo el sistema en el mismo modo que se tendría en casos de lucha o de huida”.
Cuando las personas pierden el sueño como resultado del estrés, es más probable que experimenten dificultades para pensar, ejecutar su trabajo y modular sus emociones al día siguiente, lo que contribuye -en una especie de círculo vicioso- a aumentar el estrés. “Probablemente muchas personas, a lo largo de este año se han acostumbrado a este ciclo a causa del estilo de vida pandémico”, asegura.
Otros ejemplos de este factor estresor que contribuye a la falta de sueño ha sido la inconsistencia entre los horarios de teletrabajo y descanso, el traslado de la educación de los hijos al hogar, la pérdida del trabajo en muchos casos y su impacto financiero junto al elevado tiempo ante las pantallas. Las “maratones” de series y películas se alzan como un factor antes insospechado que afectan la higiene del sueño.
“Cuando no hay un tiempo establecido para relajar o aquietar la mente, el cuerpo finalmente pierde la noción de cuándo debería estar dormido o despierto. La investigación muestra que el aumento del tiempo frente a la pantalla está relacionado con la disminución del tiempo de sueño. Esto se ha notado especialmente desde la pandemia. Hemos estado asistiendo a un aumento del tiempo de pantalla a un ritmo alarmante”, agrega la especialista.
Incluso antes de que esta figura empezara a conformar la “coronasomnia”, antes de la pandemia, los estudios de diversos centros de sueño y universidades mostraban que cerca de un tercio de la población adulta de EEUU manifestaba una especie de deprivación voluntaria del sueño producto de consumir contenidos en medios de internet. Esto en adultos. Actualmente, son los niños los que se encuentran enfrentados a más contenido del que pueden consumir despiertos como una manera de enfrentar el estrés pandémico.
La bibliografía médica advierte desde hace décadas sobre el efecto de la luz azul de computadores, teléfonos, consolas portátiles y tablets que afectan al cerebro enviándole el mensaje de dejar de producir melatonina al perder la noción del oscurecimiento natural o del fin de la jornada.
Yendo más allá de la definición, los pacientes que describen este tipo de estrés, refieren la “coronasomnia” como una especie de atasco. Chocar a diario contra un muro que limita sus capacidades regulares. “La gente parece estar permanentemente enfrascada en su mente pensando sobre las finanzas, la educación en el hogar, los desafíos laborales del teletrabajo, incluso antes del miedo a contagiarse de Covid-19 antes de intentar conciliar el sueño”, explica la doctora. “Y esto a menudo conduce a temores sobre las consecuencias de no poder funcionar al día siguiente. Ese estrés contribuye a tener más problemas para dormir y el ciclo continúa”.
Los largos períodos de estrés y pérdida de sueño resultan en un agotamiento real con síntomas cognitivos reconocibles como somnolencia durante el día, pensar con claridad, dificultad para recordar cosas cotidianas o completar las tareas más básicas. Respecto al ánimo, cuando una atraviesa este tipo de agotamiento se muestra más irritable y de mal humor para quienes lo conocen. “De hecho, la falta de sueño afecta al cuerpo de la misma manera que lo hace beber alcohol. Los investigadores han constatado que 17 horas sin dormir impactan en nuestro estado de alerta de la misma manera que lo haría una concentración de alcohol en sangre del 0.5 por ciento”, dice sobre una equivalencia que corresponde a haber bebido entre una copa de vino o dos cervezas.