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Ciudades que no duermen: El sueño de calidad como umbral de la desigualdad

Como un nuevo territorio de la brecha social, el insomnio y el sueño de mala calidad son los barrios densamente poblados de la sociedad moderna. Profesionales de la salud, académicos e insomnes de todo el mundo advierten sobre el descanso (o la falta de él) como marcador de otras carencias de las que las políticas públicas aún no se hacen cargo.


Diversos autores de todo el mundo comienzan a advertir sobre la salud del sueño desde una perspectiva de política pública y una de las formas más invisibilizadas de la desigualdad contemporánea. ¿Cómo duerme una familia de la periferia en condiciones de hacinamiento, crimen y contaminación respecto de las zonas suburbanas con mayor seguridad, acceso a oportunidades, áreas verdes o el valioso silencio nocturno?. Esta diferencia considerable que se percibe en la vida diurna es identificada por los expertos como una nueva brecha de clase. 

Para el director del Departamento de Sueño de la Asociación Latinoamericana de Tórax, Dr. Juan Carrillo Azócar, este mapeo de la calidad del sueño según grupos sociales, étnicos o culturales permite hablar incluso del sueño reparador como un privilegio de pocos. “Si pensamos en el ruido constante que viven vecindarios junto a carreteras en la periferia, en viviendas aglomeradas donde el ruido del vecindario fragmenta el sueño cada noche, en las condiciones de hacinamiento de muchos, la contaminación ambiental que inflama las vías respiratorias y agrava los ronquidos y la apnea o en zonas donde la inseguridad mantiene al sistema nervioso en alerta constante; el descanso profundo es prácticamente insostenible. Para otros más afortunados, una mala noche de sueño es una cosa casi anecdótica, propia de una noche de fiesta, quizás un cuadro febril o algún episodio de estrés del trabajo”, describe Carrillo. “Es diferente cuando la calidad permanente de tu sueño depende del código postal”, agrega.

En ese sentido, dormir no es simple sinónimo de descansar, dice recordando el trabajo del biólogo Humberto Maturana: “Mientras dormimos, el cuerpo realiza procesos fundamentales de limpieza metabólica, reparación neuronal y regulación como si se tratara de una ciudad que entra en modo de auto-mantención cuando todos ya se han ido a la cama. El barrido y lavado de calles y cloacas de la ciudad elimina proteínas tóxicas acumuladas; en los edificios nocturnos entran al turno los “archivistas” neuronales que transfieren el aprendizaje diurno del hipocampo a la corteza cerebral para consolidar la memoria de largo plazo y que nos permite aprender, mejorar y evolucionar con la edad”, describe el médico sobre un intrincado taller de mantenimiento autopoietico donde cada noche se repara nuestra capacidad funcional para la vigilia del día siguiente y nuestra relación social con el entorno. Eso, al menos, cuando podemos descansar profundamente. Sin sueño de calidad, esa labor se entorpece y nuestro cerebro y el resto del cuerpo se llena de basura y toxinas como si la flota de camiones recolectores de la municipalidad estuviera en huelga.

En la ciudad real, fuera de la habitación, el estallido de un tubo de escape,los ladridos de perros de interior estresados, los fuegos artificiales que señalan la llegada de un nuevo cargamento de drogas en zonas problemáticas o un festivo narcofuneral que dispara balas locas en un vecindario que debe dormir con los colchones a ras de suelo o las ventanas blindadas en pleno verano; no permite un descanso genuino, lamenta el experto. “Estos agresores ambientales a los que se suma el ruido del tráfico, el aire contaminado y la criminalidad mantienen el sistema nervioso de los sectores más vulnerables en un estado de vigilancia constante. Este tipo de estrés no se apaga con un interruptor al acostarse, se metaboliza en el cuerpo de personas que ya viven con trabajos precarios, agotadores desplazamientos y rutinas que les restan horas de sueño alterando directamente el ritmo circadiano de quienes cuentan con menos recursos para defenderse de estas situaciones ambientales”, reflexiona Carrillo.

Como parte importante de una pandemia de salud mental señalada por organismos institucionales la falta de una rutina de sueño de calidad afecta a gran parte de la población como gatillantes de casos de depresión, ansiedad o un agotamiento crónico que se ve agudizado por la discriminación, la precariedad laboral y la preocupación diaria por llegar a fin de mes. Cuestiones que gatillan otras morbilidades, cree el médico. En torno a las oportunidades dispuestas para hacer frente a esta situación, la brecha se amplía aún más con un sistema sanitario limitado materialmente con menos acceso a especialistas del sueño y la falta de dispositivos de detección de estas enfermedades asociadas. También hay un subdiagnóstico en los tratamientos de máquinas de CPAP para la apnea del sueño que no son cubiertas adecuadamente por los programas de salud pública.

Esta falta de especialistas también incluye un aumento de la automedicación por el uso excesivo de benzodiacepinas para el insomnio que se venden en el comercio informal y que conlleva un daño por ese tratamiento no regulado además de la normalización del mal dormir como un “mal propio de la sociedad moderna” que generalmente lleva a diagnósticos tardíos. Así, esta deuda de horas de sueño genera consecuencias devastadoras para el mismo sistema de salud con altos indicadores de hipertensión, diabetes, obesidad, depresión y enfermedades cardiovasculares según el reporte 2025 del Observatorio del Envejecimiento de la Universidad Católica de Chile. ( disponible aquí)

Dime dónde vives y te diré cómo duermes

Como multiplicador de la desigualdad, las diferencias en la calidad del descanso no se limitan a una simple falta de energía al día siguiente, sino que actúan como un mecanismo invisible que profundiza y perpetúa las disparidades sanitarias entre los distintos estratos sociales y de género incluso.

La Dra. Fernanda Gómez, neuróloga especialista en trastornos del sueño de la Universidad Católica y miembro de la Sociedad Chilena de Medicina del Estilo de Vida, señala que el entorno y el género son el primer gran filtro de esta desigualdad. Para ella, la arquitectura de la ciudad y la seguridad de los barrios dictan quién descansa y quién mantendrá una involuntaria vigilia muchas veces. “Se ha visto en distinta literatura investigativa que ser mujer es el factor de riesgo más frecuente e importante para la calidad de sueño. El segundo factor es percibir el propio barrio como un barrio de riesgo, donde existe criminalidad, contaminación y donde la comunidad está deteriorada al nivel de no contar con redes de apoyo o la posibilidad de pedir ayuda a otros”, dice. En el caso de la capital de Chile, según la encuesta CASEN 2024, los consultados de las comunas más vulnerables declararon que en cerca de un 40% no contaban con redes de apoyo de ningún tipo respecto de zonas más acomodadas donde esta cifra rara vez superaba el 10%. 

Esta precariedad comunitaria habitacional se suma a una estructura socioeconómica que la Dra. Wendy Troxel define como una barrera insalvable para modelos como el de nuestra salud pública. Troxel, es autora de “Sharing the Covers: Every Couple’s Guide to Better Sleep” obra superventas que  recopila dos décadas de investigación sobre la relación marital y las diversas dinámicas relacionadas con el buen dormir. Consultada por Somnodromo.cl, explica respecto de esta asimetría de la salud del sueño entre hombres y mujeres, que estas sufren insomnio con el doble de frecuencia, aunque suelen alcanzar un sueño más profundo. Por otro lado, los hombres son más propensos a la apnea del sueño. 

Explica que el diagnóstico suele ser desigual, dejando a muchas mujeres sin tratamiento adecuado en esta dualidad social de considerar el sueño de calidad casi como un privilegio de clase:  “El sueño en sí mismo es una necesidad biológica, no un privilegio. Sin embargo, las condiciones que permiten un descanso saludable como la cantidad de horas de descanso, la seguridad del entorno, las rutinas regulares y el acceso a la atención médica, están distribuidas de manera cada vez más desigual. En ese sentido, dormir bien se está convirtiendo en una ventaja de clase, y observamos profundas inequidades en la salud del sueño basadas en el género, la raza, la etnia y otros  factores socioeconómicos. El sueño no es un esfuerzo individual; es un producto de nuestras circunstancias sociales y económicas. Existe una ‘brecha del sueño’ que rastrea casi perfectamente las líneas de pobreza. No es falta de voluntad, sino una falta de oportunidad”, dice sobre la responsabilidad institucional de intervenir en esta controversia.

La falta de sueño nos hace más egoístas

Pero dormir mal no solo enferma a los individuos, sino que también erosiona vínculos sociales afectando aún más esta desigualdad descrita. ¿Cómo el dormir bien puede favorecer la convivencia colectiva?, el Dr. Carrillo cita un interesante factor derivado del sueño reparador que impacta extraordinariamente en la reducción de la vulnerabilidad social a partir de la cooperación y la empatía. “Una investigación de la Universidad de California  descubrió que la deprivación del sueño afecta a nuestro cerebro dejándolo sin su principal “regulador emocional”. Normalmente, la parte racional del cerebro mantiene a raya nuestros impulsos de miedo o ira; sin embargo, todos sabemos que al dormir mal andamos algo más irritables. El resultado de esas noches de vigilia es un aumento del 60% en la actividad de la amígdala -el centro de pánico del cerebro- que deja a nuestras emociones sin freno, nos vuelve más ansiosos y reactivos lo que nos vuelve menos humanos con los demás”, explica.

Posteriores estudios de este mismo laboratorio revelaron que a nivel colectivo la falta de sueño “apaga” las áreas del cerebro que nos permiten empatizar y ayudar al prójimo: “Para esto se analizaron tres millones de donaciones caritativas para determinar que estas caen un 10% justo después del cambio de hora en primavera, cuando se pierde apenas una hora de sueño”, explica Carrillo. “En esencia, la falta de sueño nos vuelve egoístas a nivel neuronal y nuestro cerebro, ocupado en gestionar su propia crisis interna por el agotamiento, simplemente no tiene los recursos para preocuparse por los demás”, agrega.

Empezamos a leer así una importancia capital del buen sueño. Tan importante como el de mantener otros privilegios básicos de la existencia como comer sano, tener acceso a áreas verdes, recreación o respirar aire limpio. Sin embargo, nuestra cultura ha glorificado esta carencia de manera peligrosa.

“…dicen que no duerme”

Socialmente el éxito económico y material se construye sobre la venta de nuestro tiempo. Sobre el sacrificio de la propia energía y las horas dedicadas al sueño como algo loable y digno de replicar. El trabajador infatigable es un ideal al que se aspira desde las revoluciones industriales por una cultura que desprecia la vulnerabilidad del cuerpo y glorifica la productividad constante, los estudios y otras disciplinas donde la falta de descanso es casi una medalla de honor. Este esfuerzo extremo también conocido como hustle culture ve el descanso como una forma de pereza y es hoy impulsada principalmente por los contenidos de redes sociales e influencers que aconsejan el esfuerzo sobrehumano para prosperar materialmente por sobre una vida saludable. El psicólogo e investigador Héctor Vargas, académico de la Universidad del Maule, identifica esta distorsión en la autopercepción del trabajador chileno como una mentalidad exitista que ve el dormir como un signo de desperdicio del tiempo en el que “Muchas personas se identifican a sí mismas como ‘superhombres’ o ‘supermujeres’ que pueden funcionar con solo 4 horas de sueño, priorizando el funcionamiento constante sobre el bienestar integral”, dice.

Esta mitología del guerrero que no duerme generalmente está vinculada a personas de empleos precarios que habitan una trampa de baja productividad en la que el cansancio genera lo que el investigador llama “inercia del sueño”, un estado de mínima activación que puede durar horas tras despertar, afectando el juicio y la seguridad. “Irónicamente, aunque se trabaje más horas, la consecuencia es una  baja productividad en países como Chile que podría estar vinculada precisamente al mal descanso y a una alta tasa de accidentabilidad cercana al 24% de los incidentes de trayecto al trabajo, afectando paradojalmente el rendimiento y aumentando los riesgos”, anota en la investigación llevada adelante con Emilio Moyano y publicada en la revista científica BMC Public Health (que puedes leer aquí). 

La sacralización del esfuerzo laboral más allá de lo recomendado es además el síntoma de una sociedad que está cavando su propia tumba biológica ya que cuando privamos a las poblaciones vulnerables del sueño, estamos saboteando su capital humano, cree la Dra. Fernanda Gómez: “Este estereotipo de la persona que sacrifica horas de sueño por productividad ha generado mucho daño a la salud en general y una percepción errónea de que el que duerme menos es más exitoso, cuando al final lo que está haciendo es sacrificar años de vida saludable y aumentar la posibilidad de tener enfermedades neurodegenerativas, obesidad, diabetes o aumentar el riesgo cardiovascular. “El sueño es el gran ecualizador de la salud mental y física, y al negarlo, estamos perpetuando ciclos de pobreza que son biológicamente imposibles de romper solo con esfuerzo”, reitera sobre esta idea de cómo los hábitos de sueño definen el estrato social del durmiente y su calidad de descanso.

La precariedad y la forma en que afecta al sueño produce un cansancio crónico que termina moldeando conductas, emociones y capacidades cognitivas, dice el Dr. Juan Carrillo. Un niño que duerme mal aprenderá peor, un trabajador agotado tomará malas decisiones, una madre con estrés permanente envejecerá más rápido y un operador de maquinaria reaccionará más lento a la emergencia. “La sociedad produce cuerpos agotados y luego les exige un rendimiento perfecto”, plantea respecto de una respuesta institucional y sanitaria de la política pública que hoy es insuficiente. “Lamentablemente, dentro de la estrategia nacional de salud con vista al 2030, el sueño ni siquiera se menciona y es una deuda que tenemos. La capacitación en torno al sueño está todavía en pañales. La salud del sueño tampoco es una materia destacada en los programas médicos de estudio de pregrado en las universidades. El Estado o quienes están a cargo de la formación médica deberían abordar este tema de manera estratégica pensando en la importancia capital que tiene la salud del sueño en la población”, reflexiona.

Ante la evidencia, el descanso no es un problema de higiene del sueño personal, sino de diseño de vida y justicia sistémica. Un indicador más de la desigualdad social y económica ya tradicional de nuestro país. “Debemos dejar de preguntarnos “¿qué le pasa a esta persona que no duerme?” y empezar a preguntar: “¿qué le pasa a esta sociedad que no le permite dormir a la persona?”. El sueño de calidad es un derecho humano, no un accesorio de lujo para quienes pueden permitírselo”, agrega el especialista.

Las personas de menores ingresos duermen menos horas y peor. No porque quieran, sino porque viven expuestas a condiciones que deterioran el descanso como sucede en la Villa Nacimiento, en la comuna de La Pintana, donde el Gobierno entregó viviendas de 12 Mts2 donde viven hasta 15 personas bajo condiciones de hacinamiento, contaminación acústica y un aislamiento urbano que genera estrés laboral y no conoce de ritmos circadianos. El profesor Héctor Vargas, de la Universidad del Maule, sostiene que el sueño reparador ha sucumbido ante las dinámicas inhumanas del urbanismo local y del trabajo moderno: “La falta de un sueño reparador se explica por factores estructurales y presiones inmediatas. El estrés por terminar informes a tiempo o llegar puntualmente para evitar castigos o ganar bonos incentiva a las personas a sacrificar horas de sueño. El incumplimiento de una conciliación adecuada entre trabajo y familia, finalmente mata cualquier posibilidad de descanso”.

De regreso en la ciudad que no duerme, las circunstancias demuestran que el debate sobre el sueño no ha sido parte de la discusión sobre la salud pública en foros de debate, campañas presidenciales y congresos de urbanismo. Mientras algunos pueden adquirir entornos silenciosos y barrios seguros. Extensas zonas de la ciudad conviven dentro de anillos viales, sirenas y bocinazos, inseguridad, incertidumbre económica o zonas de sacrificio. La ciencia ha constatado que el buen sueño permite autorregular el sistema inmune, la memoria y la salud cardíaca, pero no alcanzar el mínimo de 7 horas de descanso es una sentencia de enfermedad crónica a largo plazo junto a los costos para la salud pública que esto conlleva. “Quizá el verdadero indicador de desigualdad en el siglo XXI no sea solamente quién tiene más bienes, sino quién puede cerrar los ojos durante ocho horas sin interrupciones, sin miedo y sin ansiedad. Porque al final, dormir también es una forma de seguridad y de dignidad humana”, reflexiona el Dr. Carrillo.

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