En la base del iceberg de las tasas de accidentabilidad en las labores de salud, la privación de sueño en los turnos de noche son un factor conocido pero poco atendido, cree el reconocido comunicador científico. En entrevista con Somnodromo.cl analiza cómo la fatiga del sueño y el deterioro producto de la falta de descanso impactan en un fenómeno que no es reportado en su totalidad ante un sistema que penaliza en lugar de incentivar la notificación de accidentes biomédicos.
Detrás de un procedimiento de rutina como la extracción de sangre se esconde una de las principales zonas de riesgo para la salud ocupacional en la red asistencial. De acuerdo con datos de la multinacional de tecnología médica Becton Dickinson (BD), globalmente se registran cerca de dos millones de punciones accidentales al año. El 62% de las lesiones cortopunzantes en recintos hospitalarios ocurren precisamente durante la toma de muestras. Frente a un accidente que expone al personal a patógenos como VIH o Hepatitis B y C, el temor a sanciones, la sobrecarga laboral y las trabas burocráticas alimentan el iceberg del subreporte de este tipo de accidentes.
Este problema invisibilizado se cruza así con otros factores que ocurren fuera de la vista de los pacientes y que tiene que ver con la privación de sueño, la fatiga y el deterioro cognitivo que produce trabajar en turnos de noche o de alta demanda en hospitales, clínicas y otros espacios críticos. Al respecto, Gabriel León, bioquímico, doctor en Biología Molecular y uno de los comunicadores científicos más populares de Latinoamérica comparte su visión del trabajo de laboratorio y de centros de salud en torno a esta problemática y, especialmente, sobre la urgencia de construir una cultura de la bioseguridad que incorpore la fisiología del descanso y la prevención activa en los recintos de salud.

“Por ejemplo antes de la masificación de la luz artificial, las personas no dormían ocho horas seguidas: dormían en tandas. Se acostaban al anochecer, despertaban a la una o dos de la mañana, tenían dos o tres horas de actividad social, lectura o conversación, y luego volvían a tener un ‘segundo sueño’ hasta el amanecer. La luz artificial alargó el día y juntó esos dos sueños en uno solo. Hoy, con la exigencia de la vida moderna y los turnos de 24 horas, la estructura del descanso se ha vuelto sumamente frágil. Y en profesiones donde se manejan fluidos biológicos y vidas humanas, ignorar la fisiología del sueño tiene costos muy altos tanto para la salud del trabajador como para la salud del paciente”, explica el autor de “La ciencia pop”.
-En el ámbito asistencial la toma de muestras se percibe como un trámite rutinario, pero implica una alta precisión. ¿Cómo incide la falta de descanso en la ocurrencia de accidentes biológicos?
Absolutamente. Es un tema del que hoy se está hablando un poco más abiertamente al abordar el burnout del personal de salud, particularmente tras la experiencia de la pandemia, cuando los turnos eran eternos y existía una escasez crítica de personal. Sabemos que en ausencia de un buen descanso, tanto las funciones motoras como las cognitivas sufren un deterioro severo. Esto impacta directamente en dos dimensiones: en la toma de decisiones -es decir, evaluar si debo reportar o no un incidente de este tipo- pero también en la precisión física. La fatiga producto de la falta de un sueño adecuado cambia drásticamente la manera en que se realizan actividades que requieren motricidad fina, como identificar o pinchar una vena. Hablar de la calidad del sueño en este contexto es algo sumamente importante para la institucionalidad de salud, porque alguien que ha descansado bien va a estar en condiciones fisiológicas mucho más adecuadas para funcionar en entornos que son inherentemente riesgosos y de alta exigencia. Cuando hay disrupciones en cadena o la persona no descansó bien, la motricidad fina sufre y aumentan las probabilidades de cometer un error.
-Esa falta de reporte de incidentes con material potencialmente contaminado es uno de los problemas más críticos en los centros de salud ¿Por qué el profesional prefiere callar tras un accidente de este tipo?
Tengo la sensación de que la bioseguridad es un concepto que ronda permanentemente en la cabeza del personal médico, pero todavía está poco asociado a pautas claras sobre qué hacer cuando ocurre un incidente. El sistema todavía es un poco refractario a ser incorporado de manera activa. Actualmente, como en Chile no tenemos una normativa tan clara y centralizada como ocurre en otros países de la región -donde el Estado asume directamente la cobertura y trazabilidad de los incidentes de bioseguridad en cualquier etapa- Las personas no tienen incentivos para reportar. No entienden qué va a pasar, si van a tener que incurrir en gastos personales, cómo va a reaccionar la jefatura o si el hecho va a poner en riesgo su puesto de trabajo o una acreditación importante, por ejemplo. Culturalmente es fundamental hablar de este tema para que deje de ser un tabú.
-¿Cómo crees que se puede transformar ese paradigma defensivo en una cultura de prevención activa?
Pienso que deberíamos encargarnos de que el sistema de salud incluya incentivos al reporte; que la persona sepa que si le ocurre un accidente, hay una normativa clara, procedimientos definidos y costos totalmente cubiertos. Porque si toda la carga económica, administrativa y emocional de una punción accidental va a recaer en el trabajador, la respuesta natural va a ser: «No tengo tiempo, no tengo dinero, no quiero lidiar con esto ni arriesgar mi trabajo».
En la medida en que el sistema incorpore incentivos, aumentaremos la visibilidad de estos eventos y la certeza de que la institución se preocupa por su personal. Si toda la carga de una punción accidental recae en la persona que le ocurrió, la respuesta será no reportar por miedo a arriesgar el puesto de trabajo. La bioseguridad no debe entenderse únicamente como una medida para evitar accidentes; es un componente esencial de la seguridad del paciente y de la calidad global de la atención. Cada decisión que se toma en un procedimiento clínico desde los protocolos organizacionales hasta la tecnología de barrera que se utiliza, contribuye a reducir riesgos, proteger la muestra y fortalecer la eficiencia del sistema. Pero la tecnología debe ir acompañada de un cambio cultural sobre el descanso y la salud mental de los equipos.



