Aquí radica la gran contradicción de nuestro modelo de desarrollo: el mismo sistema económico que nos exige ser creativos, innovadores y adaptables, nos roba sistemáticamente el tiempo y la tranquilidad necesarios para dormir.
Por Juan Carrillo
Médico, con Estudios en Neurobiología y Ciencias de la Conducta, Magister (c) en Salud Pública, Máster en Medicina y Fisiología del Sueño
Vivimos obsesionados con la innovación. Políticos y economistas repiten como un mantra que nuestro futuro depende de transitar hacia una “economía del conocimiento”. Sin embargo, mientras invertimos miles de millones en fibra óptica, inteligencia artificial y capital de riesgo, ignoramos sistemáticamente la infraestructura más crítica para que esta economía funcione: el cerebro humano y, específicamente, su necesidad biológica de dormir.
Para entender esta paradoja, resulta útil cruzar las ideas de dos pensadores aparentemente desconectados: el biólogo chileno Francisco Varela y el teórico social brasileño Roberto Mangabeira Unger.
Varela, uno de los padres de la biología de sistemas, nos enseñó que la mente no es un computador que procesa información abstracta. La cognición es un proceso “encarnado”, una creación de sentido (sense-making) que depende de un organismo biológico interactuando con su entorno. Para que este sistema funcione, necesita momentos de “clausura”: aislarse del mundo exterior para reparar sus conexiones, consolidar memorias y limpiar toxinas. Ese momento de clausura es el sueño.
Por su parte, Unger advierte que la economía del conocimiento actual es una “vanguardia insular”. Está confinada a pequeños enclaves de alta tecnología (como Silicon Valley, Empresas y Startups), mientras la gran mayoría de los trabajadores permanece atrapada en empleos rutinarios y precarios. Para Unger, el verdadero desafío de nuestro tiempo es democratizar esta economía, pasando de una innovación episódica a una “innovación permanente” donde todos los trabajadores tengan la capacidad de imaginar y experimentar nuevas formas de producir.
La “imaginación institucional” que Unger exige a la sociedad no es magia; es una capacidad cognitiva que requiere un sustrato biológico sano. La neurociencia ha demostrado que es precisamente durante el sueño (especialmente en la fase REM) cuando el cerebro recombina libremente nuestras experiencias, encontrando soluciones creativas a problemas complejos sin las restricciones de la lógica diurna. El sueño no solo es un proceso autopoiético fundamental, es el laboratorio biológico de la imaginación.
Aquí radica la gran contradicción de nuestro modelo de desarrollo: el mismo sistema económico que nos exige ser creativos, innovadores y adaptables, nos roba sistemáticamente el tiempo y la tranquilidad necesarios para dormir.
Los trabajadores excluidos de la vanguardia tecnológica —aquellos que Unger quiere integrar— son precisamente quienes sufren las peores condiciones de descanso. Sometidos a turnos rotativos, largos tiempos de traslado, precariedad laboral y el estrés crónico de llegar a fin de mes, hacen que su tiempo de sueño se reduzca, y la arquitectura de su sueño se altere y fragmente.
Esta privación de sueño genera un círculo vicioso perverso. La falta de sueño reduce la plasticidad cerebral, limitando la capacidad de aprendizaje y la creatividad. Un cerebro agotado se vuelve rígido, incapaz de la “innovación permanente” que demanda la nueva economía. Así, la exclusión social degrada el sueño, y el sueño degradado perpetúa la exclusión, confinando a millones de personas a trabajos mecánicos que pronto serán reemplazados por algoritmos.
Si realmente queremos construir un “vanguardismo inclusivo”, debemos dejar de ver el sueño como un lujo personal o un problema médico individual. El sueño es un asunto biopolítico de primer orden. Es la infraestructura cognitiva fundamental de una sociedad democrática.
No habrá economía del conocimiento inclusiva mientras el descanso, y en especial el sueño, sigan siendo un privilegio de clase. Garantizar el derecho al tiempo libre, a la desconexión digital y a condiciones laborales que respeten nuestros ritmos circadianos no es solo una medida de bienestar social; es el requisito biológico indispensable para que un país entero recupere su capacidad de imaginar el futuro.



